sábado, 25 de enero de 2014

¿AFIRMÓ JESÚS ALGUNA VEZ SER DIOS?

¿AFIRMÓ JESÚS ALGUNA VEZ SER DIOS?

RAVI ZACHARIAS Y NORMAN GEISLER

Escucho esta objeción todo el tiempo: Jesús nunca dijo que era el Hijo de Dios; se trató, en cambio, de una creencia que sus ardientes seguidores impusieron a la tradición después de su muerte. El verdadero Jesús no se consideraba nada más que un maestro, un sabio, un agitador, cualquier cosa menos Dios. O, al menos, eso dicen lo críticos. Pero no es lo que surge claramente de la evidencia. El teólogo escoces, H. R. Macintosh, resumió la verdad: “La conciencia que Jesús tenia de su persona... es el hecho más grande de toda la historia.”

Kevin Vanhoozer, profesor e investigador de teología Sistemática de la Facultad Evangélica de teología Trinity, planteaba la cuestión en los siguientes términos: “Jesús entendía que era el amado Hijo de Dios, elegido por él para traer su reino y el perdón de pecados. Nuestro entendimiento de quién era Jesús debe corresponder con el entendimiento que Jesús tenía de sí mismo. Si no confesamos a Jesús como el Cristo, alguien se engaña: él o nosotros.”


Hay al menos diez factores que apuntan a que Jesús era el Unigénito Hijo de Dios.

En primer lugar, tenemos la manera en que se refería a sí mismo. Ningún estudioso bíblico duda de que la manera más común que Jesús usaba para referirse a su persona era el Hijo del hombre, la que aplicó más de cuatro docenas de veces y ya figura en Marcos, que se considera en general el primer Evangelio. Si bien algunos críticos se confunden y consideran que es una mera declaración de su humanidad, el consenso académico es que es una referencia a Daniel 7:13-14, en que alguien como un hijo de hombre es llevado a la presencia del venerable Anciano, se le da autoridad, poder y majestad, es objeto de la adoración de todos los pueblos, naciones y lenguas y su dominio es un dominio eterno.

El Hijo del hombre era una figura divina en el libro de Daniel en el Antiguo Testamento, que vendría al fin del mundo a juzgar a la humanidad y reinar para siempre, dijo el teólogo y filósofo William Lane Craig. “Por lo tanto, alegar ser el Hijo del hombre sería en efecto un alegato de divinidad.”

Vanhoozer agrega un matiz interesante: “Lo curioso del uso que Jesús hace de este título (Hijo del Hombre) es que lo vinculó no sólo con el tema de la gloria futura, sino también con el tema del sufrimiento y de la muerte. Con esto, Jesús estaba enseñando a sus discípulos algo nuevo acerca del Mesías tan esperado y es que su sufrimiento habría de preceder a su gloria (por ej. Lucas 9:22).”

En segundo lugar, Vanhoozer señala que Jesús también declara su divinidad cuando se refiere a sí mismo, diciendo: Yo soy, y en una ocasión afirma: Ciertamente les aseguro que, antes que Abraham naciera, ¡yo soy! (Juan 8:58). “Se trata de una alusión obvia a las palabras de Dios a Moisés desde la zarza ardiente y es una declaración tan inequívoca de igualdad con Dios que los oyentes tomaron piedras para arrojarle por la blasfemia.”
 

En tercer lugar, Jesús se atribuye el derecho divino de perdonar los pecados del paralítico en Marcos 2: La única persona que puede decir algo así con todo sentido es Dios mismo, porque el pecado, incluso si es en contra de otra persona, es primero y principalmente un desafío a Dios y a sus leyes.

En cuarto lugar, hay todavía una afirmación trascendental en la manera en que Jesús escogió a sus discípulos, según Ben Witherington III, autor de The Christology of Jesús [La Cristología de Jesús]: “Jesús no es simplemente parte de Israel, no es meramente parte del grupo redimido, él está formando el grupo; al igual que Dios en el Antiguo Testamento forma a su pueblo e instituye las doce tribus de Israel. Esa es una pista sobre como Jesús pensaba de sí mismo.”

En quinto lugar,
tenemos la percepción que Jesús tenía de sí mismo en la manera en que enseñaba: Jesús comienza sus enseñanzas con la frase: "Ciertamente les aseguro", es decir: Juro con anticipación sobre la veracidad de lo que les voy a decir. Esto era absolutamente revolucionario, según Witherington. Y, a continuación, explica: “En el judaísmo uno necesitaba el testimonio de dos testigos... Sin embargo, Jesús atestigua acerca de la veracidad de sus palabras. En lugar de basar sus enseñanzas en la autoridad de otros, habla con autoridad propia.”

Por lo tanto, es alguien que se consideraba que tenía una autoridad superior a la de los profetas del Antiguo Testamento. Creía que poseía no sólo inspiración divina, al igual que el Rey David, sino también autoridad divina y el poder de expresión divina directa.

En sexto lugar, Jesús usó el término arameo Abba, o Querido papá, para dirigirse a Dios. Esto refleja una intimidad extraña al antiguo judaísmo, en el cual los judíos devotos evitaban el uso del nombre de Dios por temor a pronunciarlo mal. El Dr. Witherington hace esta observación: “La importancia del término «Abba» radica en que Jesús es quien inicia una relación íntima que antes no estaba disponible. La pregunta es: ¿qué clase de persona puede cambiar los términos para la relación con Dios? ¿Qué clase de persona puede iniciar una nueva relación de pacto con Dios?”

Jesús está diciendo que sólo a través de tener una relación con él se hace posible este tipo de lenguaje de oración, este tipo de relación «Abba» con Dios. Eso habla mucho de cómo se consideraba.

Una séptima indicación
de lo que Jesús pensaba de él puede verse en su encuentro después de la resurrección con el apóstol Tomás, en Juan 20. Al responder a la invitación de Jesús de comprobar personalmente que había resucitado realmente de entre los muertos, Tomas declara, en el versículo 28: “¡Señor mío y Dios mío!”. La respuesta de Jesús es muy reveladora. Hubiera sido el colmo de la blasfemia aceptar la adoración de Tomás, si Jesús no fuera realmente Dios. Sin embargo, en vez de reprenderlo, Jesús le dice, en el versículo 29: “Porque me has visto, has creído... dichosos los que no han visto y sin embargo creen”. La decisión de Jesús de aceptar la adoración de Tomás significa claramente que creía que era Dios y, por lo tanto, digno de recibir ese honor.

De manera similar, cuando Jesús pregunta: Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?, y Simón Pedro responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, la reacción de Jesús no fue corregirlo sino afirmar que esto le había sido revelado por el Padre (Mateo 16:15-17).

En octavo lugar, Jesús claramente creía que el destino eterno del pueblo dependía de si creía o no en él: “Pues si no creen que yo soy el que afirmo ser, en sus pecados morirán”, dijo en Juan 8:24. Además, en Lucas 12:8-9, dice: “Les aseguro que a cualquiera que me reconozca delante de la gente, también el Hijo del hombre lo reconocerá delante de los ángeles de Dios. Pero al que me desconozca delante de la gente se le desconocerá delante de los ángeles de Dios.” William Lane Craig señala lo que esto implica: “No nos confundamos: si Jesús no fuera el Divino Hijo de Dios, esta afirmación sólo podría considerarse como el más estrecho y objetable dogmatismo. Porque lo que está diciendo es que la salvación del pueblo dependía de que lo confesaran.”

Encontramos una afirmación explícita de divinidad en Juan 10:30, donde Jesús afirma directamente: “El Padre y yo somos uno.” No hay duda de que los que escuchaban a Jesús entendían bien que Jesús estaba diciendo que él y Dios eran una sustancia. Por eso no demoraron en recoger piedras para apedrearlo por blasfemia, por hacerse pasar por Dios (v. 33).

El décimo factor
que debería sopesarse al evaluar la identidad que Jesús tenía de sí mismo, son sus milagros. Jesús recalcó que sus obras eran señales de la venida del reino de Dios; “Pero si expulso a los demonios con el poder de Dios, eso significa que ha llegado a ustedes el reino de Dios” (Lucas 11:20). Ben Witherington observa que, aunque otras personas de la Biblia también realizaron milagros, esta afirmación mostraba que Jesús no se consideraba a sí mismo como uno más entre varios que, hacia milagros: “Jesús se ve como el único en quien y a través de quien se cumplen las promesas de Dios. Y esa es una afirmación de trascendencia nada velada.”

El experto británico, James D. G. Dunn, ha dicho: “Independientemente de los hechos, es evidente que Jesús creía que había sanado a los ciegos, los paralíticos y los sordos; en realidad, no hay razón para dudar que creía que los leprosos habían sido sanados y los muertos habían vuelto a la vida gracias a su ministerio. Jesús tenía los atributos de Dios.”

Por supuesto, cualquier persona puede creer que es Dios. Jesús no sólo se consideraba el Hijo de Dios sino que tenía los atributos que sólo Dios tiene. Filipenses 2 describe cómo Jesús se vació a sí mismo del uso independiente de sus atributos, un fenómeno denominado del griego “kenosis”, que significa vaciamiento, cuando se encarnó. Esto explica por qué no siempre optaba por exhibir sus atributos; la omnisciencia, la omnipotencia y la omnipresencia, en su existencia terrenal. No obstante, el Nuevo Testamento confirma que todas estas cualidades eran, en última instancia, verdaderas en su caso. Por ejemplo, en Juan 16:30, Juan afirma de Jesús: “Ya podemos ver qué sabes todas las cosas”, se trata de su omnisciencia. En Mateo 28:20, Jesús dice: “Les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo”, muestra de su omnipresencia. Y el declaró: “Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18), que es su omnipotencia.

En realidad, Colosenses 2:9 dice: “Toda la plenitud de la divinidad habita en forma corporal en Cristo.” Su eternidad está confirmada en Juan 1:1, que declara de Jesús: “En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.” Su inmutabilidad se muestra en Hebreos 13:8: “Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos.” Que era sin pecado, lo vemos en Juan 8:29: “El que me envió esta conmigo; no me ha dejado solo, porque siempre hago lo que le agrada.” Hebreos 1:3 declara de Jesús: “el Hijo es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel imagen de lo que él es.”

Colosenses 1:17, dice: “Él es anterior a todas las cosas.” Mateo 25:31-32 afirma que juzgará a la humanidad. Y en Hebreos 1:8, el Padre mismo específicamente dice con respecto a Jesús que es Dios.

De hecho, los propios nombres usados para la figura de Dios, en el Antiguo Testamento, también se aplican en el Nuevo para hablar de Jesús: nombres como el Alfa y la Omega, Señor, Salvador, Rey, Juez, Luz, Roca, Redentor, Pastor, Creador, Dador de Vida, Perdonador de Pecados, el que habla con autoridad divina.

¿Quién creía Jesús que era? En su libro “New Approaches to Jesús and the Gospels” [Nuevas aproximaciones a Jesús y a los Evangelios], Royce Gruenler, profesor de Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Gordon Conwell, llega a la siguiente conclusión: “Es un hecho llamativo de las investigaciones modernas del Nuevo Testamento que las claves esenciales para entender correctamente la comprensión cristológica implícita que Jesús tenía de sí mismo son profusas y claras.”

Aparte de creer que era Dios, Jesús también lo demostró al hacer obras sobrenaturales, al cumplir las profecías de la antigüedad a pesar de lo improbables y, al final, venciendo la tumba.

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