miércoles, 3 de septiembre de 2014

No como Caín - 1Juan 3:12

"No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas." (1 Juan 3:12)

Desde el inicio de la creación, los efectos del pecado se hicieron sentir. Mientras unos buscaron reconocer a Dios y servirle, otros, simplemente siguieron viviendo como si no existiera y como si no tuvieran que darle cuentas.

De manera que las consecuencias del pecado se extendieron a todas las relaciones interpersonales, pues sin Dios en el corazón, tampoco existiría amor hacia el prójimo. Lo que llaman amor los no creyentes, no es otra cosa que un egoísmo irracional. Por ende, le llaman amor a todo aquello, que según sus pasiones, metas, expectativas, sueños y emociones, entre otras, les puedan resultar en beneficio de sus propias inclinaciones.  

El inconverso se siente atraído hacia todo aquello en lo que pueda ver provecho, pero lamentablemente, no en el sentido legítimo por el cual fueron diseñadas las cosas, sino conforme a sus propias concupiscencias. Por consiguiente, los demás (las personas) son sólo objetos para satisfacer sus deseos y ambiciones. No obstante, dichas personas pueden tener momentos en los cuales parezcan unirse a una causa noble o justa, así como el mesonero en la parábola del buen samaritano.

Sin embargo, la ayuda del mesonero siempre estuvo condicionada a que le pagaran. En otras palabras, que estaría dispuesto a ayudar por el beneficio que obtendría del dolor ajeno y no porque realmente le importara el hombre herido. De manera, que la diferencia entre el mesonero y el ladrón o los ladrones en la parábola, fue el medio a través del cual obtuvieron su fin, dinero. La realidad expuesta es que a ninguno le importaba el hombre herido.


En cambio, el buen samaritano hizo todo lo que hizo, no buscando otro bien, sino la del prójimo. No miró qué podía obtener, sino que podía dar, no vio cómo beneficiarse, sino cómo podía servir.

Caín mató a Abel simplemente, porque la vida de su hermano exponía ante él, su propio pecado, pues se sentía miserable y pensó que eliminando a su hermano, todo sería diferente. Ya no existiría comparación entre los actos y las ofrendas presentadas a Dios, con su hermano. Previo a que alguien pueda mediar algún mal contra su prójimo, éste debe haberse rebelado y debe haber sacado a Dios de su propia vida. Siempre que vea a alguien atentando contra el bienestar de otros, verá a alguien que primero, habrá matado (metafóricamente hablando) a Dios.

Pastor Gilberto Rufat

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