Mensaje: El pago profetizado por nuestro rescate
Por: pastor Gilberto Miguel Rufat
Base bíblica: Mateo 17:22-27
Introducción
Estando Jesús en Galilea, les anuncia nuevamente
a sus discípulos que sería entregado en manos de hombres que lo matarían y que al
tercer día resucitaría (Mateo 17:22-23). De regreso en la ciudad de Capernaum, se
desarrolla la historia sobre el cobro de la ofrenda del templo (Mateo 17:24-27). Dicha historia fue registrada únicamente en el
evangelio de Mateo.
Exposición del texto
I. Jesús es el único pago aceptado por Dios por el rescate de su
pueblo.
22 Estando ellos en Galilea, Jesús les
dijo: El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, 23 y le matarán;
mas al tercer día resucitará. Y ellos se entristecieron en gran manera.
Jesús estuvo por algún tiempo en
territorio gentil. Allí, les preguntó a sus discípulos, “¿quién decís que soy
yo?” A lo que Pedro contestó afirmativamente diciendo: “Tú eres el Cristo, el
Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:15-16). Sobre esta verdad (la identidad de
Jesús), Jesús declararía que se establecería su iglesia o la salvación del
remanente profetizado por los profetas (Mateo 16:17-18). Asimismo, les hablaría
sobre la responsabilidad de la iglesia, el precio del discipulado, el juicio
que vendría sobre Judá y acerca de su muerte y resurrección. A primera vista,
es posible preguntarnos, ¿qué relación, si alguna, tiene el anuncio de Jesús
sobre su muerte con la historia sobre el pago al templo que se desarrolla en
casa de Pedro?
Mostraremos que existe una profunda
conexión, una vez establecido cuándo y por qué se originó este pago al templo y
su relación con la muerte de Jesús.
II. La expiación como el único medio aceptado por Dios como rescate
por su pueblo
24 Cuando
llegaron a Capernaum, vinieron a Pedro los que cobraban las dos dracmas, y le
dijeron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?
Es importante señalar y aclarar que el
cobro de las dos dracmas presentado en Mateo 17:24 no guarda relación con un
pago sobre impuestos al gobierno romano. Por lo tanto, este pasaje nada tiene
que ver con la legitimidad o la ilegitimidad de impuestos al gobierno. El Comentario
exegético y explicativo de la Biblia del Antiguo Testamento de los autores Jamieson,
R., Fausset, A. R., & Brown, D., asevera lo siguiente:
Esta no era una
contribución voluntaria, sino un rescate por el alma o la vida del pueblo. Se
exigía a todas las clases por igual, y una negativa de pagarla significaba una
exclusión voluntaria de los privilegios del santuario, y un peligro de los
juicios divinos.[1]
El Dr. Lange comenta
lo siguiente:
Debe
observarse aquí que en esta sección no se hace referencia al trabajo temporal
de construir el tabernáculo, sino a aquellas cosas que entran en el servicio
ritual regular que continuará en el tiempo futuro. Por lo tanto, es ciertamente
un error cuando Keil y Knobel comienzan con la idea de que el shekel o medio
siclo del santuario se gastará de una vez por todas en la construcción del
tabernáculo. El tabernáculo en sí debía construirse a partir de contribuciones
voluntarias (Éxodo 35:5), no de impuestos legalmente impuestos, y de esta
manera voluntaria se dio más de lo necesario (Éxodo 36:5).[2]
El pago de esta
contribución no fue destinado para propósitos de la construcción del
tabernáculo. El tabernáculo fue edificado con diversas ofrendas que el pueblo dio
de manera voluntaria. Esta ofrenda fue establecida por Dios como un memorial de
la obra de expiación que se realizaría en el tabernáculo, apuntando a la obra
de Jesucristo. Para entender cuándo y de dónde surge
este cobro es necesario examinar Éxodo
30:11-16.
11 Habló
también Jehová a Moisés, diciendo: 12 Cuando tomes el número de los hijos de
Israel conforme a la cuenta de ellos, cada
uno dará a Jehová el rescate de su persona, cuando los cuentes, para que no
haya en ellos mortandad cuando los hayas contado. 13 Esto dará todo aquel que
sea contado; medio siclo, conforme al siclo del santuario. El siclo es de
veinte geras. La mitad de un siclo será la ofrenda a Jehová. 14 Todo el que sea
contado, de veinte años arriba, dará la ofrenda a Jehová. 15 Ni el rico
aumentará, ni el pobre disminuirá del medio siclo, cuando dieren la ofrenda a Jehová para hacer expiación
por vuestras personas. 16 Y tomarás de los hijos de Israel el dinero de las
expiaciones, y lo darás para el servicio del tabernáculo de reunión; y será por
memorial a los hijos de Israel delante de Jehová, para hacer expiación por
vuestras personas. (Éxodo 30:11-16)
En Éxodo 30:11-16 resaltan dos puntos
importantes:
1- Dios fue quien requirió la ofrenda sobre
todo varón judío de veinte años en adelante.
2- La ofrenda era un memorial por el rescate
de su pueblo.
La ofrenda en Éxodo 30:11-16 surge de
la historia de la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto. Para
ello, es necesario colocarnos en el contexto de Éxodo 12.
1 Habló
Jehová a Moisés y a Aarón en la tierra de Egipto, diciendo: 2 Este mes os será
principio de los meses; para vosotros será éste el primero en los meses del
año. 3 Hablad a toda la congregación de Israel, diciendo: En el diez de este
mes tómese cada uno un cordero según las familias de los padres, un cordero por
familia. 4 Mas si la familia fuere tan pequeña que no baste para comer el
cordero, entonces él y su vecino inmediato a su casa tomarán uno según el
número de las personas; conforme al comer de cada hombre, haréis la cuenta
sobre el cordero. 5 El animal será sin defecto, macho de un año; lo tomaréis de
las ovejas o de las cabras. 6 Y lo guardaréis hasta el día catorce de este mes,
y lo inmolará toda la congregación del pueblo de Israel entre las dos tardes. 7
Y tomarán de la sangre, y la pondrán en los dos postes y en el dintel de las
casas en que lo han de comer. 8 Y aquella noche comerán la carne asada al
fuego, y panes sin levadura; con hierbas amargas lo comerán. 9 Ninguna cosa
comeréis de él cruda, ni cocida en agua, sino asada al fuego; su cabeza con sus
pies y sus entrañas. 10 Ninguna cosa dejaréis de él hasta la mañana; y lo que
quedare hasta la mañana, lo quemaréis en el fuego. 11 Y lo comeréis así:
ceñidos vuestros lomos, vuestro calzado en vuestros pies, y vuestro bordón en
vuestra mano; y lo comeréis apresuradamente; es la Pascua de Jehová. 12 Pues yo
pasaré aquella noche por la tierra de Egipto, y heriré a todo primogénito en la
tierra de Egipto, así de los hombres como de las bestias; y ejecutaré mis
juicios en todos los dioses de Egipto. Yo Jehová. 13 Y la sangre os será por
señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de
vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de
Egipto. 14 Y este día os será en memoria, y lo celebraréis como fiesta solemne
para Jehová durante vuestras generaciones; por estatuto perpetuo lo
celebraréis. (Éxodo 12:1-14)
La ofrenda a Jehová para hacer expiación
en Éxodo 30:11-16 tiene como base al cordero que cada familia tuvo que sacrificar
en Egipto, según lo ordenado por Dios, para que los primogénitos de Israel no perecieran
cuando el ángel de la muerte pasara aquella noche. La expiación es el “acto por
el que se quita el pecado o la contaminación mediante un sacrificio o pago
establecido por Dios”.[3]
El sacrificio de un cordero debió parecerles costoso a los israelitas por su
condición de esclavos, pero ese era el precio de la expiación. Aquel cordero
sacrificado testificaba sobre la necesidad de un mediador entre el pueblo y
Dios. Ya que, sin la mediación de un sacrificio, aquella noche todos los
primogénitos de Israel hubieran muerto, así como lo fueron los primogénitos de Egipto.
¿Por qué? Porque todos eran pecadores (Romanos 3:23) y la paga del pecado es la
muerte (Romanos 6:23).
Ya hemos visto que la historia en
Mateo 17:24-27 sobre el cobro de la ofrenda de las dos dracmas surge de la
ofrenda requerida por Dios al pueblo descrita en Éxodo 30:11-16. La misma debió
haber ocurrido en el transcurso del mes de marzo.
El método de
cobro estaba cuidadosamente organizado. El día 1 del mes de adar,
correspondiente a marzo, se anunciaba en todos los pueblos y aldeas de
Palestina que había llegado el tiempo de pagar el impuesto. El día 15 del mismo
mes se instalaban puestos en todos los pueblos y aldeas, donde se pagaba el
impuesto. Si no se pagaba antes del 25 de adar, se podía abonar directamente en
el templo de Jerusalén.[4]
Aquella pascua que se aproximaba, en la
que se celebraba la salida del pueblo de Israel de Egipto y de la cual, tomaba
base la ofrenda de la expiación, vería su cumplimiento en Jesucristo al ser
presentado a Dios como el pago total por el rescate de las almas del pueblo que
de antemano escogió. La ofrenda
de la expiación, según Éxodo 30:12, era ofrecida a Jehová como rescate por sus almas.
Esto no significaba que el pueblo podía comprar su redención. Significaba, que
el pueblo debía entender que su comunión para con Dios requería de un pago que
satisficiera la justicia de Dios, por causa de su pecado. El pago señalado por
Dios para el rescate del pueblo que decidió redimir desde antes de la fundación
del mundo sería la vida de su unigénito Hijo.
3 Bendito sea
el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición
espiritual en los lugares celestiales en Cristo, 4 según nos escogió en él
antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante
de él, 5 en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por
medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, 6 para alabanza de la
gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, 7 en quien tenemos redención por su sangre,
el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, (Efesios 1:3-7)
III. Jesús no tenía por qué pagar nuestro rescate.
25 Él dijo: Sí. Y
al entrar él en casa, Jesús le habló primero, diciendo: ¿Qué te parece, Simón?
Los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran los tributos o los impuestos? ¿De
sus hijos, o de los extraños? 26 Pedro le respondió: De los extraños. Jesús le
dijo: Luego los hijos están exentos.
Cada acontecimiento narrado por Mateo señala
la divinidad de Jesucristo. Pedro, Jacobo y Juan habían experimentado la
transfiguración de la gloria de la divinidad de Jesús en el monte de la
transfiguración. En el pasaje de estudio, la misma es señalada por medio del
conocimiento que evidencia Jesús sobre lo acontecido con Pedro, mientras Pedro estuvo
fuera de su casa. ¿Cómo Jesús supo lo acontecido? Jesús supo lo acontecido porque
no solamente era el Cristo, sino que también era el Hijo del Dios viviente (Mateo
16:16). En otras palabras, que Jesús es Dios el Hijo.
Cuando Pedro entró a la casa, Jesús
utiliza una ilustración para presentarle a Pedro que él, como el Hijo de Dios,
no tenía por qué pagar aquel tributo, pues como hijo estaba exento. Recordemos
que cuando le preguntaron a Pedro si su maestro iba a pagar las dos dracmas, Pedro
contestó que sí (Mateo 17:24-25). Aunque Pedro había contestado que sí, Jesús
le mostraría por qué no tenía que pagarlas.
Jesús, hablándole primero a Pedro, le
pregunta si los hijos de los reyes debían pagar tributo. A lo que Pedro contesta
que no, por razón de ser hijos. El punto que Jesús quería enseñarle a Pedro era
que él, como el Hijo del Dios viviente, no tenía por qué pagar aquel tributo al
templo. Las palabras de Jesús debían recordarle a Pedro la experiencia vivida
en el monte de la transfiguración. En aquella ocasión, Pedro escuchó la voz de
Dios Padre testificando lo siguiente sobre Jesús: “Este es mi Hijo amado, en
quien tengo complacencia, a él oíd” (Mateo 17:5).
Además, al ser la ofrenda de la expiación
un recordatorio del pago necesario como rescate por el pecado, Jesús no tenía por
qué pagarlo, por cuanto era sin pecado.
IV. Jesús proveyó el pago total y final por nuestro rescate.
27 Sin embargo, para
no ofenderles, ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que
saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo
por mí y por ti.
La frase de Jesús “para no ofenderles” significa que Jesús
cumpliría con el pago al templo, no porque le era necesario hacerlo, sino para
no dar lugar o pie a cuestionamientos y a falsas acusaciones. Sabemos que, a este
punto en el ministerio de Jesús, los principales líderes religiosos buscaban cualquier
causa o motivo para destruirlo. El relato anterior, el de la discusión de los
escribas con los nueve discípulos de Jesús, es un claro ejemplo de esto.
Sin embargo, una vez establecido que
él no tenía por qué pagar las dos dracmas, le da la siguiente orden a Pedro, “ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer
pez que saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y
dáselo por mí y por ti”. Al igual que Jesús no tenía por qué pagar el pago
de la ofrenda por el rescate al templo, tampoco tenía por qué haberse entregado
como pago por el rescate de nuestras almas condenadas por causa de nuestro
pecado. No obstante, Jesús lo hizo sin quejarse, haciéndolo por gracia, porque
le plugo, porque decidió amarnos en vez de condenarnos. De manera que a través
de la muerte que acontecería en Jerusalén (Mateo 16:21; 17:22-23), se
efectuaría el pago para la salvación de la iglesia (Efesios 5:25-27).
Estamos convencidos de que, aunque
Pedro, al escuchar por primera vez el anuncio de la muerte de Jesús, trató de
reconvenirle a Jesús sobre su muerte (Mateo 16:22) y en la segunda ocasión que escucha
la necesidad de su muerte se entristeció (Mateo 17:23), no obstante, Pedro entendería.
Dos pasajes lo confirman con claridad; Hechos 2:22-24 y 1 Pedro 1:18-20,
respectivamente.
22 Varones
israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre
vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros
por medio de él, como vosotros mismos sabéis; 23 a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento
de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; 24
al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era
imposible que fuese retenido por ella. (Hechos
2:22-24)
En 1 Pedro 1:18-20, Pedro afirma lo que
sigue:
18 sabiendo que fuisteis rescatados de
vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con
cosas corruptibles, como oro o plata, 19 sino con la sangre preciosa de Cristo,
como de un cordero sin mancha y sin contaminación, 20 ya destinado desde antes
de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por
amor de vosotros, (1 Pedro 1:18-20)
Conclusión
Afirmamos que la exaltación del
evangelio de Jesucristo se evidencia al pagar con su propia vida el costo del
rescate por su pueblo. Pueblo, que se encontraba sumido en el pecado como todos
los demás y que, para ser tomado como el pueblo de Dios, siendo esclavos del pecado,
debía ser redimido, es decir, rescatado.
La grandeza del amor de Dios por su
pueblo queda demostrada en que no teniendo que intervenir a favor del mismo, decidió
enviar a su unigénito Hijo y entregarlo a muerte como el pago por la totalidad
de la deuda de su pueblo. Un pago necesario para satisfacer la demanda de la justicia
de Dios violada por este.
Es únicamente por medio de la obra redentora
de Jesús, que la deuda es saldada y que los pecadores son redimidos para pasar
a ser posesión de Dios. De esta forma, Dios aseguró la salvación del pueblo que
eligió desde antes de la fundación del mundo.
Concluimos, como Pedro presenta en su
primera carta, que la verdad sobre el glorioso rescate de Dios en Cristo por su
pueblo ha de ser predicado, así como vivido. Por consiguiente, afirmamos que no
es consistente con el evangelio llamarse cristiano y continuar viviendo como un
esclavo del pecado. Así que, donde no existe una evidencia de arrepentimiento que
se expresa en una fe que conduce a la obediencia a la palabra de Dios, no ha
habido salvación, sino que simplemente es una presunción de la misma.
[1] Jamieson, R., Fausset, A. R., & Brown, D. (2003).
Comentario
exegético y explicativo de la Biblia – tomo 1: El Antiguo Testamento (86). El
Paso, TX: Casa Bautista de Publicaciones.
[2]
Lange, Johann Peter. Lange’s
Commentary OT/NT. An e-Sword module.
[3]Nelson, W. M., & Mayo, J. R. (2000, c1998). Nelson
nuevo diccionario ilustrado de la Biblia (electronic ed.). Nashville:
Editorial Caribe.
[4]
Barclay, William. Comentario al Nuevo Testamento. Editorial Clie, 1995.
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